Tradición, excelencia y una noche para el recuerdo
Lugar: Auditorio de Tenerife, Sala Sinfónica.
Evento: Concierto del 42º Festival de Música de Canarias.
Intérpretes: Dirección musical: Paavo Järvi. Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera.
Fecha: 10 de enero de 2026.
Obras: Obras de Mozart y Schubert.
Autor: Pablo Jerez

© Andreas Knapp
El Auditorio de Tenerife presentó un aspecto prácticamente lleno para el regreso, veinticinco años después, de la Sinfónica de la Radio de Baviera, una de esas formaciones cuya sola presencia activa una expectativa especial. No es solo una orquesta de referencia en el panorama europeo, sino un cuerpo sonoro con una tradición sinfónica inscrita en su propio ADN. Bajo la dirección de Paavo Järvi, uno de los grandes nombres del podio actual, el programa planteaba un recorrido deliberadamente clásico y romántico, una reivindicación sin complejos de la sinfonía como forma absoluta.
La Sinfonía nº 31 “París” de Mozart confirmó desde el primer compás por qué esta orquesta ocupa un lugar privilegiado en la historia interpretativa. El Allegro inicial desplegó un ritmo enérgico, afirmativo, sostenido por una técnica impecable y una gestión de las dinámicas de enorme claridad. La cuerda, empastada hasta el prodigio, sostuvo el discurso con una naturalidad pasmosa, apoyada por unos metales de presencia impecable. No se trató de una lectura históricamente informada, sino de un Mozart de tradición centroeuropea, sonando con la nobleza y el peso de aquellas grandes orquestas de los años setenta y ochenta, un Mozart a la manera de Karl Böhm.
El Andante fue una lección de estilo. Tempo animado, pero nunca precipitado, con una cuerda capaz de conjugar sutileza y densidad sin perder transparencia. Aquí la orquesta mostró una paleta tímbrica extraordinaria, construyendo una escena de refinada elegancia, donde cada plano estaba perfectamente jerarquizado. El Allegro final confirmó la justa fama de la formación bávara: contrastes bien perfilados, dinámicas amplias y un sonido compacto, nítido, límpido, que sonó exactamente a lo que debía sonar. El público respondió con entusiasmo inmediato, entregado a Järvi, que hubo de salir en varias ocasiones a saludar.
Con Schubert llegó la afirmación definitiva de una tradición viva. La Novena en do mayor, “La Grande”, fue abordada sin concesiones ni tentaciones retóricas: ¿querían tradición? Ahí estaba. Metales afinadísimos, entradas limpias, una cuerda perlada y perfectamente cohesionada, demostrando que este repertorio forma parte esencial de la identidad de la orquesta. Las trompas y trompetas brillaron con especial autoridad, integradas en un tejido sonoro de admirable solidez.
Paavo Järvi dirigió Schubert sin partitura, a diferencia de Mozart, señal inequívoca de su comodidad y dominio en este territorio. Su dirección fue elegante, natural, sin gestos innecesarios, dejando respirar a la orquesta y construyendo grandes arcos sonoros con crescendos de enorme eficacia. El Andante con moto ofreció momentos de auténtica belleza, con solos de oboe y clarinete de una musicalidad extraordinaria, sostenidos por unos metales de una calidad difícilmente superable. No hubo un solo reproche posible en lo estrictamente musical.
El Scherzo y el Finale confirmaron la grandeza de una lectura que entendió las llamadas “divinas longitudes” de Schubert no como obstáculo, sino como virtud. La arquitectura se sostuvo con firmeza, sin pérdidas de tensión, con una energía que nunca cayó en la pesadez. Todo fluyó con naturalidad, imponiendo una lógica interna que hizo de la sinfonía una experiencia orgánica y plenamente convincente.
En lo extramusical, queda la inevitable pregunta: ¿qué impulsa a algunos asistentes a consultar mensajes de móvil o titulares de prensa en sus dispositivos durante un concierto así? La música es ahora, es experiencia del instante, y lo vivido anoche fue precisamente eso, un acontecimiento irrepetible que trasciende lo cotidiano. La ovación final fue rotunda, con el público en pie y los “bravos” regresando al Auditorio tras la acogida más tibia del concierto inaugural. Como propina, Järvi y la orquesta regalaron una versión extraordinaria del Vals triste de Sibelius, cerrando una noche de elegancia, refinamiento y memoria duradera, de esas que justifican, sin matices, la razón de ser de un gran festival.
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